Publicado inicialmente en CTXT

En diciembre de 1979, poco antes de las primeras elecciones autonómicas, Jordi Pujol publicó en La Vanguardia un importante artículo titulado “San Pancracio, danos salud y trabajo”. En un contexto donde la izquierda dominaba las redacciones periodísticas, los centros de trabajo y las universidades, el líder de Convergencia Democrática conectaba allí con la pequeña burguesía, con los menestrales de orden, con los tenderos que colgaban en su trastienda un San Pancracio al que no pedían dinero, riqueza ni comodidades: solo “salud y trabajo”. Tres meses más tarde y contra todo pronóstico, Pujol ganaba las primeras elecciones catalanas e inauguraba un período de hegemonía de 23 años con un imaginario de país muy arraigado a la metáfora del San Pancracio: el del catalán trabajador, preocupado por el ahorro, que ama a su familia y a su patria. Hombres y mujeres de orden, moderados en lo social y en lo territorial. La Cataluña-nación que se enfrentaría a la Cataluña-ciudad de Maragall y que se preocuparía, durante más de dos décadas, de fer país.

El gen convergente sobrevivió los dos tripartitos y reconquistó la Generalitat de manos de Artur Mas en 2010, un buen heredero de la filosofía pujolista y del imaginario de país que representaba CiU. Nada hacía pensar que éste, y más concretamente su sucesor Carles Puigdemont y otros cuadros de generaciones más jóvenes, darían una patada al San Pancracio y se aliarían con Esquerra y la CUP para desobedecer las leyes del régimen político que ellos tanto habían contribuido a sostener. Gente de orden haciendo la revolución: aun yendo de farol, ¡impensable unos años atrás!

Hoy parece ser que, pasado el tiempo y unas cuantas refundaciones, el espacio convergente es irreconocible. Algunos incluso arguyen que ya no existe: lo que ha quedado es demasiado diferente del seny de antaño. El PDeCAT se deshizo del lastre de los Pujol y se definió como un partido “republicano e independentista”. La antigua Convergencia, parecía, se estaba mimetizando con Esquerra Republicana. Recientemente, la candidatura Junts per Catalunya ha provocado en último término la implosión del PDeCAT y carece de momento de una verdadera estructura partidista, con gente de orígenes políticos diversos. Ahora, la “Crida Nacional por la República Catalana” parece que será el producto definitivo y exitoso de esta operación de refundación política que ha durado varios años.

La verdad es que, siendo honestos, ERC no ha hecho algo muy diferente: en los últimos tiempos ha acogido desde los exsocialistas de MES a los democristianos soberanistas que procedían de Unió, más algunas figuras independientes próximas a la CUP o a los comunes. Ha pasado de ser un partido pequeño y cerrado a uno mayoritario y de gobierno. El caso es que no lo han sabido vender tan bien, y a pesar de los evidentes cambios que han sufrido, nadie duda de que ERC sigue ahí, más crecida y plural, pero sigue ahí. En unos inteligentes -e improvisados- movimientos de ilusionismo político, motivados tanto por los casos de corrupción como por la transición ideológica hacia el independentismo, Convergencia se ha visto en cambio obligada a morir varias veces para poder renacer, luego, con fuerzas renovadas.

Hacer patria, no política

Quim Torra, Jordi Sánchez y el propio Puigdemont han lanzado la Crida como un nuevo artefacto “para aglutinar a tantas sensibilidades políticas y sociales como sea posible en una herramienta de acción política que pueda participar en todas y cada una de las citas electorales que se produzcan hasta la instauración de la república”. Por el momento, Puigdemont ha conseguido ya someter al PDeCAT -forzó la dimisión de Marta Pascal este fin de semana-, y pretenderá maximizar sus opciones electorales caricaturizando a ERC como partidista, ideologizada y autonomista. El proyecto del exalcalde de Girona es el de un gran partido nacional catalán, superador de la retórica entre izquierdas y derechas para, juntos, lograr unos “objetivos nacionales” comunes. Esta confusión interesada entre la parte y el todo, entre los intereses del partido y los del país, tampoco es algo nuevo.

Curiosamente, en su artículo sobre el San Pancracio, Jordi Pujol pontificaba lo siguiente: “El catalanismo político es el que no supedita el bien del país a la lucha de clases. Ni a los intereses económicos de tal o cual sector. Ni a una ideología”. Los tiempos cambian, pero no tanto. Es evidente que la mutación del gen convergente -quizá su transformación en otra cosa- sigue sin embargo la línea histórica del nacionalismo conservador. A modo de ejemplo, hace unos días el exdiputado de Junts pel Sí, Oriol Amat, recordaba las palabras del Abad Escarré, del Monasterio de Montserrat, a unos jóvenes en 1949: “Haced patria, no política. Notaréis que hacéis política cuando os dividáis”.

La experta en pujolismo Paola Lo Cascio recordaba estos días también las palabras del fundador de CDC sobre la naturaleza de Convergencia (1989): “Nosotros no somos un partido de cuadros […]. Somos un partido de gente. Dejádmelo decir con esta expresión tan de calle, de gente, de hombres y mujeres que aman el país, fundamentalmente tan sencillo como esto”. Pues sí, tan sencillo como esto. Resultará que la Crida, tan lejos de Convergencia a primera vista, será su descendiente más exitoso y fidedigno: también en un momento de transición, se va a construir un movimiento de la gente más que un partido, a través de un liderazgo fuerte e indiscutible, y con una vocación de ir más allá de las ideologías en pro de un nacionalismo aglutinador.

El filósofo Josep Ramoneda, en un artículo reciente, aseguraba que “la Crida es una opa sobre el soberanismo. Bajo el espejismo de un gran movimiento patriótico se esconden unos intereses de grupo tan partidistas como los que se denuncian como causantes de la desunión independentista […]. I la Crida, a pesar de la parafernalia, acabará aterrizando en el espacio social de la vieja Convergencia”. Veremos qué ocurre. El San Pancracio sigue escondido en el cajón. Pero nuevos devotos están ahí, esperando.

Foto: Lambert Sachs

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