Publicado inicialmente en la revista CTXT.

Hace unas semanas, la entidad soberanista Òmnium Cultural presentó una campaña titulada “som el 80%” (somos el 80%) para subrayar los grandes consensos de la sociedad catalana como línea de acción para los próximos meses. El manifiesto fue firmado por destacadas personalidades del independentismo pero, sobre todo, por personas vinculadas a otros espacios políticos como el del antiguo PSC (Antoni Castells, Joan Ignasi Elena), los comunes (Xavier Domènech, Dolors Camats) o los sindicatos (Ros y Gallego, exlíderes de UGT y CC.OO.).

Concretamente, la plataforma destaca que la mayoría de la ciudadanía catalana está por la defensa de los derechos y las libertades democráticas fundamentales, rechaza la represión y la judicialización de la política como herramienta para resolver los conflictos, aboga por la puesta en libertad de los presos y, por último, defiende una salida que pase por “decidir y ejercer democráticamente” el futuro político del país. Lo que es destacable de esta iniciativa es que, por primera vez en muchos años, el mainstream soberanista empieza a situar el foco más allá de la lucha por la independencia, que sigue dividiendo por la mitad a la sociedad catalana.

Dos mayorías, dos estrategias

Si nos fijamos en la demoscopia, estos grandes consensos existen aunque sean quizá un poco menos rotundos de lo que afirma la campaña. Concretamente, y según las últimas encuestas, un 77,7% de los catalanes apoya la libertad de los presos (GAD3, 08/2018), un 68,5% piensa que Cataluña tiene derecho a celebrar un referéndum de autodeterminación (CEO, 07/2018) o un 62,3% cree que la región ha alcanzado un nivel insuficiente de autonomía (CEO, 07/2018). Frente a estas cifras, la preferencia por la independencia se mantiene en torno al 47%.

La estrategia de Òmnium Cultural, que comparten Esquerra Republicana y el sector del PDeCAT más alejado de Puigdemont, es clara: para conseguir una mayoría incontestable en favor de la independencia hay que dar un paso atrás y empujar hacia el soberanismo a este “tercer espacio” que no se sitúa en ninguno de los dos bloques. De aquí la naturaleza de esta campaña. Los líderes de estas formaciones piensan que, si España sigue bloqueando una salida política al conflicto y no rebaja el nivel de represión, en unos años la mayoría secesionista puede pasar del actual 47% a más del 60% de apoyo. La clave es precisamente este 15% o 20% de catalanes que no son independentistas pero que también piensan que Cataluña es una nación, que ha conseguido un nivel insuficiente de autonomía y que la represión y el bloqueo del gobierno central es intolerable.

En contraste con esto, y aunque no han lanzado ninguna campaña, el gobierno Sánchez y sus socios de Podemos también deben pensar que en Cataluña hay una mayoría del 80% que podría sentirse cómoda con su propuesta de país. Concretamente, los líderes de la izquierda española no andan desatinados al creer que muchos catalanes y catalanas han abrazado la causa soberanista por la inexistencia de una alternativa viable, y que una propuesta atractiva para Cataluña desactivaría el independentismo y sentaría las bases para un nuevo acuerdo territorial.

Y aquí, otra vez, la magia de la demoscopia -los números pueden ser leídos de formas muy diversas- parece darles la razón. Aunque un 47% de la ciudadanía apoya la independencia en una pregunta binaria, sólo un 38,8% lo hace cuando se les da a los encuestados una respuesta múltiple, incluyendo el federalismo (CEO, 07/2018). A su vez, algunos sondeos han recogido que un 68,8% de la ciudadanía catalana estaría satisfecha con una reforma de la Constitución que mejorase la autonomía de la región (GAD3, 11/2018), e incluso un 67,7% apoyaría también un nuevo sistema de financiamiento (GAD3, 11/2018).

El sentido del cambio

Así pues, la interpretación de los resultados de las diferentes encuestas, que varían mucho según la orientación de la pregunta, nos lleva a la traducción electoral de la clásica teoría de los “tres tercios” apuntada por el politólogo Josep Maria Vallès hace años. En este sentido, un 30-35% de la ciudadanía catalana es independentista y no va a cambiar, un 30-35% es partidaria de la unidad de España y tampoco va a dejar de serlo y, finalmente, un 30-35% está en una zona gris que el soberanismo ha sabido captar con cierto éxito en los últimos años –debido más bien al comportamiento del Gobierno central–, pero insuficiente aún para construir una gran mayoría partidaria de la secesión.

Hoy, esta franja “del medio” está entre el soberanismo moderado, que podría abandonar el carro de la independencia si el Gobierno central ofrece una propuesta atractiva para Cataluña; y el federalismo cansado, que podría sumarse a la mayoría soberanista si la solución democrática sigue bloqueada y la represión se mantiene como política oficial del Estado. Dependiendo de lo que ocurra en los próximos meses y años, las preferencias de la ciudadanía catalana van a evolucionar en un sentido o en el otro. Está por ver si de forma realmente robusta para forzar cambios reales hacia el federalismo, si las alternativas a la independencia se perciben como suficientes y fiables, o hacia la secesión, si la situación política no mejora.

De momento, parece ser que Pedro Sánchez tiene motivos para la esperanza: el conflicto ha desescalado drásticamente, ha aumentado el número de partidarios de un diálogo real y la salida del PP del ejecutivo emite por sí misma una señal inequívocamente positiva para muchos catalanes y catalanas. Pero este cambio de ambiente debe ser leído como algo más transitorio que definitivo, no sólo por la posibilidad de que el PSOE pierda las próximas elecciones o de que nuevos eventos –como la sentencia contra los presos políticos– contribuyan a subir de nuevo la temperatura, sino por la misma existencia de corrientes de fondo en la opinión pública española que pueden dificultar cambios reales en un sentido federal y plurinacional.

Según GAD3 (11/2018), el 58% de los españoles consideran que en el proceso soberanista hubo violencia y que está justificada la acusación de rebelión contra sus líderes. La pena de prisión provisional es considerada proporcionada por el 52% de la población, y un 58% rechazaría el indulto en el caso de que fueran condenados. Aunque son unas cifras que sobrepasan muy ligeramente el 50%, la cuestión de los presos es ahora un factor clave para la resolución del conflicto y que genera, como hemos visto, consensos enormes dentro de la sociedad catalana.

Algo parecido ocurre con las preferencias territoriales. Mientras que más del 60% de los catalanes y catalanas consideran que la región ha alcanzado un nivel insuficiente de autonomía, solo el 24,4% de la ciudadanía española –incluyendo catalanes y vascos– abogan por una mayor autonomía para las CC.AA. que la existente en la actualidad (CIS, 09/2018). Como ha sucedido históricamente, el nacionalismo mayoritario –que se identifica con el Estado central y se siente cómodo con el statu quo uninacional– no ve motivos para cambiar la constitución territorial del país, alejándose por tanto de las preferencias de las periferias.

Tomando en cuenta todos los números que hemos visto, el cambio de gobierno en España y la puesta en marcha de nuevas políticas que disminuyan o pongan fin a la represión puede frenar el ascenso del independentismo. Por el contrario, la existencia de dos culturas y preferencias políticas muy diferenciadas entre Cataluña y el resto de España va a dificultar una solución a largo plazo para la mayoría de la población catalana, que no aceptaría menos que un régimen realmente federal y plurinacional. Más que reforzar claramente la posición de uno de los dos bandos en liza, pues, no debemos descartar un estancamiento crónico entre una independencia que no podrá materializarse por falta de apoyo y una unidad poco legítima si se sigue imponiendo casi a la fuerza y sin argumentos más allá del imperio de la ley. Quizá, como decía Ortega, el “problema catalán” sigue siendo, como mucho, conllevable. O, como defiende Enric Juliana, el camino para la solución es ponerse de acuerdo en que esto no tiene solución.

De momento, todos a por ese (¿imposible?) 80%.

Foto: “Catdado” (Carlos Echevarría)

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