Federalismo más allá del Estado

Federalismo más allá del Estado

Publicado inicialmente en la revista Contexto (CTXT)

La integración política, el federalismo y el reconocimiento de las singularidades son sin duda los mejores arreglos institucionales para gestionar sociedades complejas, plurinacionales y cosmopolitas. El embate de la globalización, con sus ventajas y sus inconvenientes, ha hecho aún más necesaria esta pulsión federalizante por motivos de sobra conocidos. El embridaje de una economía desregulada al servicio de unos pocos, la multiculturalidad y la gestión de las migraciones, el fomento de la paz mundial o la lucha contra el cambio climático son quizá los argumentos más relevantes en favor de, como mínimo, una mayor cooperación política y ciudadana a escala planetaria.

Esta necesidad acuciante de una mayor solidaridad transnacional está chocando, paradójicame, con unos viejos estados nacionales que, a medida que se van vaciando de soberanía real, apuntalan sus aparatos coercitivos y simbólicos a modo de disimulo. El rey está desnudo, pero su corona de oro macizo y su espada reluciente -permítanme esta licencia literaria- centran todas las miradas. Esto vale para los regímenes autoritarios o híbridos -el caso de China, Rusia o Turquía-, pero también para las democracias consolidadas como los Estados Unidos de Trump. Y qué decir, por supuesto, de los nuevos movimientos populistas que ya empiezan a ocupar sillones ministeriales en muchos países de la vieja Europa. Algunas de las formaciones políticas tradicionales, acomplejadas, reaccionan mimetizando su discurso.

Ante los desafíos de la globalización, pues, muchos estados se están blindando por arriba, esto es, en relación con las instancias de integración política regional o global; pero también impiden el reconocimiento, en muchas ocasiones, de cualquier cambio por abajo en las estructuras territoriales preconstituidas -propias o ajenas-. En el marco de la Unión Europea, por ejemplo, parece casi imposible una institucionalidad más integrada, al mismo tiempo que, como dijo Juncker, “no quiero una UE de 98 estados”. El exprimer ministro francés Manuel Valls, nuevo azote del independentismo, también lo dejó muy claro: “no tenemos que permitir la posibilidad de salirse de los Estados naciones que ya existen, no tenemos que tocar las fronteras”.

La nación y la prepolítica

Esta rotundidad en defensa de la integridad territorial de los estados puede ser problemática en aquellos casos donde minorías nacionales territorializadas reclaman para sí el derecho a la autodeterminación. Afirmaciones como la que hizo hace un par de años el nuevo presidente del gobierno, el socialista Pedro Sánchez –la unidad de España es una cuestión “prepolítica”-, colisionan claramente con el principio democrático. El profesor Miquel Caminal -luego volveremos a él- defendía precisamente que los estados-nación no son nada democráticos en lo que se refiere a su integridad territorial, y hacía referencia a que no reconocen en sus ordenamientos constitucionales el derecho a la autodeterminación de las naciones que puedan formar parte de ellos.

En este sentido, es evidente que no podemos estar constantemente debatiendo y votando sobre las fronteras de nuestros estados, pero también lo es que cuando surgen movimientos que problematizan los límites vigentes del pueblo, de forma pacífica y persistente, hay que dar respuestas políticas a ello -así ocurrió en Escocia o en Quebec-. Además, éstos movimientos no tienen porqué ser necesariamente supremacistas o insolidarios. Si me permiten la digresión, sigo sin entender por qué apoyar la independencia de Cataluña es supremacismo, pero defender la independencia de España -aun no he oído a ningún líder español abogar por la anexión a Francia, por poner un ejemplo- es cosmopolitismo de vanguardia. Es evidente que en los movimientos independentistas hay elementos de repliegue identitario, pero no es menos cierto que también podemos encontrar señales inequívocas de progresismo y europeísmo. Miren el caso de Escocia, donde ganó el remain de forma abrumadora en todas y cada una de sus regiones, mientras que en el resto del Reino Unido se impuso el Brexit -con argumentos contrarios a la inmigración o a la transferencias fiscales hacia territorios más pobres-.

Entrando ya en el caso catalán, históricamente, la solución federal habría sido la más acertada desde un punto de vista racional. El problema lo hemos encontrado principalmente en el nacionalismo español, incapaz de comprender otras realidades políticas en su seno -no solamente folclóricas- u otras formas de sentirse parte de un proyecto común. Pero el nacionalismo en Cataluña también ha cometido el error de pensar la nación como algo esencializado, subordinando con la retórica de la “diversidad” -los “diversos” son los otros- a una parte de la ciudadanía, empujada hacia los márgenes del imaginario colectivo. Cataluña también tiene que pensarse como un proyecto plurinacional, ya que aquí conviven dos naciones: la de los catalanes que se creen nación, y por tanto, piensan en España como un agente externo; y la de los catalanes que creen que viven en España y que una hipotética nacionalidad catalana es una ficción fabricada a medida de unos pocos. El arreglo federal permitiría que unos y otros convivieran con un grado de satisfacción aceptable, apaivagando las tensiones identitarias que hemos visto agitarse en los últimos tiempos. Esto sería también coherente con la tesis que he defendido al principio del artículo, sobre una mayor integración política y una mejor gestión de la diferencia. ¿Qué podría fallar?

… O qué ha fallado

El profesor Miquel Caminal sostenía en su magnífica “trilogía federal” que “cuando el nacionalismo de estado se cierra a cal y canto, el federalismo contempla la opción democrática de la secesión”. Si hoy el independentismo es hegemónico en Cataluña, lo es en parte por muchos federalistas hastiados de la cerrazón centralista y homogeneizadora de las élites del estado. En el último párrafo, el ya fallecido politólogo escribía explícitamente que “la obligación de todo federalista es promover la unión en la diversidad, pero cuando esto no es posible, también asume el deber y el derecho a promover la secesión o independencia, cuando sea la última opción, cuando todas las demás han resultado baldías o imposibles”.

Ésto lo escribía en octubre de 2013, después de la sentencia del Tribunal Constitucional contra el Estatuto y de la feroz campaña del Partido Popular contra el autogobierno. Aquélla sentencia cerró las esperanzas de avanzar hacia el federalismo en el actual marco constitucional, un marco que para unos era un punto de partida mientras que, para otros, lo era de llegada. El enésimo intento de “encaje” cristalizado en el pacto de 1978 había saltado por los aires, y como ha sucedido históricamente, los federalistas nos sentimos abandonados y a la intemperie en relación con el peor gobierno de España de las últimas décadas, el de M. Rajoy con mayoría absoluta.

La vasta experiencia histórica -150 años de catalanismo político- da una base empírica suficiente para que muchos, en Cataluña, lleguemos a la conclusión de que la transformación del Estado en un sentido federal es una quimera. Pero hay más argumentos: no existe una cultura federal en España, las preferencias territoriales y nacionales de ambas poblaciones -la de Cataluña y la del resto del estado- son antagónicas, reforzadas a su vez por distintos sistemas mediáticos, culturales y políticos; las mayorías parlamentarias para realizar cambios profundos siempre requerirán de la concurrencia del nacionalismo español, e incluso si las fuerzas federalizantes consiguieran imponer transformaciones en el ordenamiento territorial del estado, restaríamos permanentemente sujetos a la arbitrariedad de una victoria de la derecha más recalcitrante que restauraría el antiguo orden uninacional. Además de todo esto, la actitud del PSOE -sus nombramientos ministeriales son un ejemplo- también plantea dudas en relación a si su proyecto para España solo pretende redondear el actual estado de las autonomías, o si está dispuesto a redistribuir el poder más allá del reconocimiento cultural-folclórico de las singularidades regionales.

Si aceptamos todo esto como cierto, el desesperanzador panorama no mejora si echamos la vista Cataluña hacia adentro. Con menos del 50% de apoyo popular, y después de un fallido embate contra el Estado, el proyecto independentista tampoco parece capaz, almenos a corto de plazo, de imponerse con éxito. En Cataluña hemos constatado -ya le pasó a Grecia con su referéndum sobre el memorándum europeo- los límites de la reclamación unilateral de la soberanía en un contexto de gobernanza multinivel, y en la forma clásica del estado-nación.

Pensarnos más allá del estado nacional?

El profesor Quim Brugué escribió en diciembre un sugerente artículo titulado “estados como gato panza arriba”, y sostenía una tesis que guarda mucha relación con lo que he intentado expresar aquí. Brugué decía que “presenciamos la batalla entre un estado español que intenta mantenerse y uno catalán que intenta emerger. Y ambos fracasan”. He empezado el artículo hablando del papel de los estados nacionales en el mundo y en Europa, para después centrarme de forma más intensiva en el caso catalán. Ahora, para terminar, querría relacionar ambos elementos. De momento, nos encontramos pues ante un estado español “con corona de oro macizo y espada reluciente”, pero con menos soberanía que nunca; y una nacionalidad sin estado que pretende reclamar una soberanía muy limitada habiendo calculado mal, sin embargo, el peso de la única soberanía real del adversario: la de las porras y las prisiones.

En el contexto actual, y con todas sus contradicciones, mi posición es parecida a la que defiende el filósofo Rubert de Ventós -antiguo colaborador de Pasqual Maragall-: “el estado puede ser una pieza de arqueología política, pero aun es el gestor de la redistribución interior y el que corta el bacalao (sic) en los organismos internacionales”. Él defiende que la soberanía ha dejado de ser un concepto binario -la tengo o no la tengo- para devenir un tema analógico -¿dónde tengo la soberanía?¿en qué?-, y seguramente lleva razón. En este sentido, un estado propio para Cataluña va a disponer de más soberanía que una comunidad autónoma intervenida por el gobierno central, bajo la amenaza constante del nacionalismo español. Un estado propio con vocación universal, deseoso de diluirse en una nueva y mejor Europa. En todo caso, este es un posicionamiento personal, ante la realidad inmediata, que no tiene por qué esconder el gran reto de fondo que enfrentamos los progresistas y federalistas hoy: pensarnos más allá del estado nacional y construir una comunidad política global mucho más integrada.

En este sentido, creo que la realidad misma nos ofrece algunas pistas: en los últimos años estamos experimentando un retorno a lo local, hacia unas ciudades que se están convirtiendo en actores políticos protagonistas, con voz propia en el escenario global. Aquí, en nuestro continente, no sería descabellado imaginarnos una Europa pensada como red de ciudades, articuladas a través de unas eurorregiones más flexibles y arraigadas al territorio que no las rígidas fronteras de los viejos estado-nación.

En este marco, la discusión no sería si rompemos o no los vínculos institucionales entre Cataluña y España, sinó cuáles y cuántas instituciones queremos compartir -entre nosotros, con Francia, con Alemania, etc- en una Europa federal y de los ciudadanos. Quizá la independencia sea una vía para la confederación de los pueblos ibéricos, único camino posible para la fraternidad real. Quizá el cambio republicano -en Cataluña y en España- tiene que tejerse a partir de lógicas contradictorias para unos y para otros. Pero quizá todo esto sea absurdo, quimérico, inasumible. Quizá sí. Pero la política progresista va de ampliar los límites de lo posible, y la imaginación es la herramienta indispensable para conseguirlo.

Foto: Caricatura publicada en la revista La Flaca en 1873

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Cataluña hoy: una cartografía

Cataluña hoy: una cartografía
Publicado inicialmente en la Revista Contexto

Más de mil personas en un Auditorio madrileño. Muchas banderas españolas y cánticos de “Viva España”, “yo soy español” y similares. Aval de las asociaciones de militares, de policías o de las víctimas del terrorismo. Patrioterismo lacrimoso con Marta Sánchez. Más cánticos a España. Y lo peor: un Albert Rivera con guiños joseantonianos en un discurso de make Spain great again, eso sí, con maquillaje moderno y liberal a modo de disimulo. Ha escrito con acierto Enric Juliana que se esperaba el macroniano “En Marcha!” y se escenificó un “Forza España” en toda regla. El nacional-populismo naranja, a la cabeza en las encuestas para sustituir a un Partido Popular que algunos sectores del nacionalismo español ven demasiado flojo.

Paralelamente, en Cataluña, el nuevo presidente Quim Torra sigue recibiendo numerosas críticas por una extensa y explícita hemeroteca que, más allá de los famosos tuits, pone al descubierto un pensamiento persistente y articulado al entorno de una concepción esencialista de la nación y la catalanidad. Torra representa el sector más duro del nacionalismo catalán, ensimismado en sus mitos históricos, y es hoy el espejo perfecto donde puede reflejarse también el nacionalismo español. Pero la diferencia, seguramente, es doble: por un lado, el nuevo inquilino de la Generalitat no dispone de todo un aparato militar, policial y judicial para lanzar contra sus minorías nacionales; y de otro lado, la amenaza del uso de la fuerza -o su uso mismo- para resolver problemas políticos siempre ha venido del mismo lado. Con relación a Torra, entre banalizar el racismo y disculpar sus diatribas excluyentes hay un amplio espacio para el análisis que, a mi entender, es más ponderado y se ajusta mejor a la realidad.

En todo caso, el paisaje político que tenemos hoy en Cataluña es desesperanzador y altamente polarizado. Aun los esfuerzos honestos de una parte del soberanismo para “desnacionalizar” la cuestión, llevándola hacia el terreno de los derechos civiles, lo cierto es que la adhesión de los electores a uno u otro proyecto político tiene mucho de identitario. El origen de los padres o el sentimiento de pertenencia territorial tienen un peso creciente en la decisión de voto de la ciudadanía. Hace unas semanas, en este sentido, Oriol Bartomeus mostraba con datos del último CEO (Centre d’Estudis d’Opinió) cómo en los últimos años el factor lingüístico es también determinante: si en 2010 uno de cada cuatro catalanohablantes votó a una candidatura constitucionalista, en 2017 fueron menos del 10%. Lo mismo para los castellanohablantes: un tercio de ellos votó a partidos nacionalistas en 2010. Hoy, menos de la mitad de éstos lo hacen (15%).

Sin llegar a dramatizar la situación -la sociedad catalana está mucho menos dividida que sus élites-, lo cierto es que la negativa persistente de los grandes partidos españoles de resolver esta cuestión por los cauces democráticos, así como la reacción unilateral del independentismo sin contar con las mayorías suficientes como para tener alguna posibilidad de victoria, han llevado a Cataluña a una situación de estancamiento de difícil solución. La represión impía y continuada del Estado contra todo lo que haga olor a secesionismo no hace sino acrecentar el problema y dar más razones a los sectores que abogan por el enfrentamiento directo y a corto plazo contra el Leviatán español.

Un objetivo, dos estrategias, tres proyectos

En las últimas semanas se han hecho más explícitas que nunca las diferencias en el seno del independentismo catalán. Aun compartiendo el objetivo, se pueden distinguir claramente tres proyectos ideológicos, por un lado; y dos estrategias políticas, por el otro. Los proyectos son de sobra conocidos y no hace falta extenderse mucho en esta cuestión: Junts per Catalunya y su entorno, de matriz liberal pero con relativa diversidad interna, se parece un poco a lo que quiso hacer Jordi Pujol en los años setenta. A través de la adhesión personalista a su máximo dirigente, en este caso a Carles Puigdemont, se proponen hegemonizar el espacio nacionalista subordinando el resto de los conflictos sociales al bien superior, esto es, Cataluña. Siendo ellos, claro está, el máximo baluarte de la defensa del país. Aunque el PDeCAT presenta ciertas resistencias al proyecto del exalcalde de Girona, en parte por cuestiones tácticas, en parte por discrepancias estratégicas; todo hace prever que por su propia supervivencia van a diluirse en esta enésima refundación -quizá la exitosa- del espacio tradicional del nacionalismo conservador.

Por otro lado, Esquerra Republicana de Catalunya vio frustrada su aspiración de convertirse en la fuerza más votada en las pasadas elecciones catalanas, como venían apuntando muchas encuestas, pero sigue creciendo de forma exponencial desde que Oriol Junqueras llegó a la presidencia del partido en 2011. Esquerra tiene en mente disputar la hegemonía al nacionalismo conservador con un proyecto alternativo, a diferencia de su tradicional posición más bien satelizada en relación con la antigua Convergencia. El objetivo de ERC es convertirse en el gran partido socialdemócrata catalán, ideologizando el campo soberanista y apartando, así, las tentaciones unitaristas y los frentes nacionales que defienden algunos sectores del independentismo. Su apertura hacia espacios socialistas y ecosocialistas, y su implantación creciente en el área metropolitana de Barcelona -el antiguo cinturón rojo-, sitúan a Esquerra en una buena posición para convertirse en la fuerza central de la izquierda en Cataluña. Está por ver si sus bases más tradicionales darán apoyo a esta estrategia.

Por último, las CUP combinan un modelo socioeconómico de extrema izquierda con una pulsión revolucionaria también en lo territorial. Para algunos sectores -los más nacionalistas-, la independencia es la oportunidad de liberar a los Països Catalans del yugo colonial español, mientras que otros conciben el objetivo secesionista como el modo más viable para romper con el régimen del 78 y construir una nueva República popular en el sur de Europa. Las contradicciones entre defender una posición anticapitalista y al mismo tiempo pactar con la derecha neoliberal en el camino hacia la autodeterminación siguen tensando la organización, pero su coherencia en la vía unilateral y de la desobediencia, reforzada por la actuación del Estado, les confieren un cierto potencial de crecimiento social y electoral.

Descritos brevemente los tres proyectos, lo cierto es que de estrategias hay más bien dos. Por un lado, la extraña coalición entre la CUP y el entorno de Puigdemont, avalada por la Asamblea Nacional Catalana, y en cierto modo, mayoritaria también entre los entornos autoorganizados de los CDR. Esta vía combina el “legitimismo” en relación con el gobierno destituido por el 155 con una vocación frentista y desobediente a corto plazo, más o menos retórica según de quien estemos hablando. No es casual que la primera acción de Quim Torra fuese ir a Berlín a visitar a Puigdemont -el presidente legítimo-, o que nombrara a algunos de los consellers destituidos, todos de JxC -y Comín como alma libre-, aun sabiendo que esto restaría operatividad al nuevo gobierno desde un inicio dada la intransigencia de Rajoy y sus acólitos para con Cataluña.

Por otro lado, la estrategia de Esquerra Republicana y de la dirección del PDeCAT, que enlaza con el plan de trabajo aprobado por Òmnium Cultural, se basa en un honesto reconocimiento de la derrota del 27 de octubre -aunque siguen sin explicar el porqué de este giro de 180 grados-, y en modular los tiempos y el tono para alcanzar mayorías más sólidas y estar preparados en un futuro, cuando las condiciones sean propicias para el objetivo independentista. Estas organizaciones pretenden enmarcar el debate exclusivamente en el terreno de los derechos civiles y sociales, atrayendo así el espacio de los comunes y reforzando su pluralidad interna. Sin ir más lejos, y retomando la cuestión sobre la lengua que mencionábamos al principio, hoy en día el espacio de ERC es el más híbrido en términos lingüísticos: el 56% de sus votantes son catalanohablantes, el 40% castellanohablantes. Ni los partidos que se reivindican a sí mismos como equidistantes son tan plurales en estos términos -Catalunya en Comú, por ejemplo, presenta unos porcentajes del 17%-77%-. Es evidente, empero, que la elección de Quim Torra como presidente va a dificultar, a corto plazo, que los republicanos consigan imponer su visión al conjunto del soberanismo catalán.

Entre el autoritarismo y la equidistancia

Si a los dirigentes independentistas se les puede acusar de irresponsabilidad en algunos casos, o de ingenuidad en otros, el núcleo del nacionalismo español en Cataluña presenta unas actitudes abiertamente autoritarias y alérgicas a cualquier definición de España que no pase por algún tipo de homogeneización de matriz castellana. En lo identitario, esto se manifiesta en una tolerancia de baja intensidad a la diversidad, reducida a lo folklórico -recuerdo por ejemplo a una diputada de Ciudadanos, en 2015, afirmando que hablar catalán es de aldeanos-. En lo político, esta visión se traduce en un centralismo acérrimo donde la autonomía de las regiones, en todo caso, no tiene que ir más allá de lo meramente administrativo. Nada de repartir un poder que pertenece, casi por naturaleza, al Estado.

La eclosión de Ciudadanos, que ha conseguido capitalizar casi todo el antiguo electorado del PP, surgió como respuesta a las demandas de más autonomía cristalizadas en el Estatuto de 2006, con la liquidación de la inmersión lingüística como medida estrella -un modelo de éxito, además, impulsado por la clase trabajadora castellanohablante del cinturón industrial de Barcelona-. La razón de ser del partido naranja en Cataluña es sacar tajada electoral de la división social i lingüística, a la que el PP se ha sumado para no quedar relegado al extraparlamentarismo.

Por su parte, el partido socialista ha quedado atrapado por un escenario de polarización que no le es nada cómodo, aun habiendo dado apoyo a la aplicación del 155. Si el espacio de los comunes se mueve entre la equidistancia y el soberanismo catalán, el de los socialistas tiene también un pie en la equidistancia, pero otro en el consenso del mal llamado “constitucionalismo”. Sociedad Civil Catalana, la ANC del españolismo, intenta ejercer de bisagra por este último lado. A mi entender, sus relaciones orgánicas con un PSOE que ha estado al lado del gobierno del PP en sus medidas represivas y de involución democrática, impide a los socialistas presentarse como garantes del pluralismo y la convivencia en Cataluña, como se prevé que va a ser su discurso durante esta legislatura.

Por último, el espacio de los comunes es quizá el más plural en términos de preferencias territoriales. Aunque dominan los federalistas (65,85%), en una pregunta directa sobre la independencia el 25% votarían a favor y el 65% lo haría en contra. Esta diversidad entre sus votantes provoca que los equilibrios internos que deben construir sus dirigentes no acaben contentando a nadie. Más allá de esta cuestión, la formación liderada por Xavier Domènech y Elisenda Alamany sí que se ha posicionado claramente en contra de la represión y a favor de un pacto por los derechos civiles en Cataluña. Aun su escasa relevancia electoral en las últimas elecciones, es posible que las posiciones de Catalunya en Comú sean importantes en un futuro próximo para recoser algunos de los puentes que se han roto.

Sin la bola de cristal

Dibujar la cartografía de la situación política en Cataluña es complejo pero realizable -y discutible en los términos en que lo he expuesto, claro está-. La predicción de lo que va a ocurrir próximamente, a menos que nos encomendemos a la astrología o a algún tipo de arte sobrenatural, es completamente imposible. Todo parece indicar que el gobierno español, presionado por el auge de Ciudadanos y con la connivencia incómoda del PSOE, va a seguir bloqueando sistemáticamente todas las acciones del gobierno catalán. Esto, a su vez, puede contribuir a la radicalización del movimiento independentista y a reforzar la vía de la desobediencia, que puede ser legítima pero que, de nuevo, corre el riesgo de no calibrar correctamente la correlación de fuerzas.

En este sentido, quizá veamos también una cierta escisión entre las bases del movimiento y sus élites, que mayoritariamente no están estas últimas -¿aún?- por un nuevo embate contra el Estado. Incluso con relación al entorno de Puigdemont, pues su insumisión tiene más que ver con la imposición de un relato que con pasos efectivos y materiales hacia el objetivo independentista. El procés, en general, ha sido un poco eso. Incluso hoy, el objetivo no explicitado del soberanismo catalán sigue siendo un referéndum pactado, que es como los países maduros resuelven sus problemas políticos. Está en las manos del gobierno español seguir poniendo en riesgo el sistema democrático -antes lo-que-sea que rota- o encauzar el conflicto por las vías políticas.

El problema, con respecto a eso, es “más de mil personas en un Auditorio madrileño. Muchas banderas españolas y cánticos de “Viva España”, “yo soy español” y similares. Aval de las asociaciones de militares, de policías o de las víctimas del terrorismo. Patrioterismo […]”.

Font de la Foto: Malagón (CTXT)

Recosir, convèncer, construir

Recosir, convèncer, construir

Autocrítica, la que calgui: la soga al coll dels divuit mesos, el relat de la independència fàcil i ràpida, la interpretació flexible del 27S i de l’1 d’octubre, la ingenuïtat de pensar que l’Estat seuria a la taula i no s’atreviria a restringir drets fonamentals ni a iniciar una causa general -política, policial i jurídica- contra el sobiranisme. Aquest darrer factor i la vergonya democràtica de posar a la presó a 10 persones innocents han tornat a cohesionar el gruix de l’independentisme, que havia caigut en el desconcert després de la convocatòria d’eleccions per part de Mariano Rajoy.

Encarem, ara, una contesa electoral on sembla que s’imposarà la lògica de les llistes separades de base ideològica, en lloc de la fórmula unitària per a l’autoconsum dels convençuts. L’eixamplament de la base electoral sembla més factible si cada formació interpel·la als espais polítics adjacents i no s’opta, en canvi, per cavar trinxeres al voltant del perímetre equivalent a la suma aritmètica de Junts pel Sí i la CUP, que ha donat fins ara unes majories massa ajustades.

La pluralitat de candidatures, a més, amplia el marge de maniobra a partir del dia 22, alhora que no impedeix la unitat d’acció en tres aspectes fonamentals: la denúncia del 155, l’amnistia dels presos i la ratificació de l’objectiu constituent al voltant de la República catalana. A partir d’aquí, el camí serà llarg -president Puigdemont dixit– i l’estratègia sobiranista ha de mutar en la recerca de nous camins que no condueixin, altra vegada, a la celebració d’actes solipsistes i mancats de viabilitat.

El full de ruta nacional haurà de passar necessàriament per l’acumulació de forces Catalunya endins i Catalunya enfora, arrossegant al 10% o 15% de la societat catalana que, malgrat no identificar-se amb el pinyol del procés, no veuria amb mals ulls un escenari constituent propi i no subordinat a cap altre marc territorial. També cal seguir insistint en el terreny internacional, que ha condemnat l’unilateralisme però s’ha posicionat molt clarament en contra de la violència i a favor del diàleg. El referèndum pactat segueix essent una solució que moltes cancelleries defensen, en privat, per la crisi catalana.

Un full de ruta intel·ligent, ambiciós i possible contrastaria -és veritat- amb l’independentisme que té pressa, però es diferenciaria també d’aquells que pensen que l’autodeterminació depèn del permís d’unes hipotètiques noves majories a Espanya, i dels que -cínicament- confonen autocrítica amb deslleialtat i sortides personals. Aquest canvi de ritme és necessari políticament però també socialment -pel conjunt de la irreductible diversitat del poble de Catalunya-, que ha viscut el darrer mes i mig amb una intensitat excessiva. Caldrà refer molts ponts i anar als barris a parlar amb els nostres veïns i veïnes: la unitat civil ha estat i serà un dels garants del nostre model de convivència, que ha estat esquerdat per part dels que han volgut afrontar un problema polític a través de jutges, fiscals i porres.

Per últim, caldrà abordar les urgències de present i posar a sobre de la taula una agenda social que solucioni els problemes de la precarietat, l’habitatge o la pobresa energètica. Oportunitats hi haurà també de fer pedagogia en relació a les lleis socials tombades pel Tribunal Constitucional, però no hi ha millor argument que el de les millores tangibles i en rigorós directe. La introducció de la Renda Mínima Garantida o el procés de desprivatització del model de salut són dos exemples impulsats per l’actual govern que van en la bona línia.

Recosir, convèncer, construir. Aquesta serà la gran tasca que caldrà abordar a partir del 21 de desembre, en un difícil equilibri entre els irrenunciables objectius polítics que molta gent ha viscut a flor de pell i la realpolitik d’una legislatura postautonòmica que es preveu llarga, intensa i sorprenent a parts iguals.

L’oportunitat perduda per a l’Europa de les regions

L’oportunitat perduda per a l’Europa de les regions

Jean-Claude Juncker, president de la Comissió Europea, ha descartat avui una mediació amb Catalunya i ha expressat que no vol una Europa formada per 90 països. El màxim temor del luxemburguès és que es creï un “efecte dominó” que contagiï a la resta de nacionalitats del continent amb aspiracions secessionistes. Queda clar, doncs, que per les elits de Brusel·les això segueix essent un club d’Estats amb ben poques aspiracions d’avançar cap a la integració política i de descentralitzar el poder en benefici de les regions i de les ciutats, en observança del principi de subsidiarietat que es troba, per cert, en els tractats de la Unió.

George Steiner explicava en la seva ja celebèrrima “idea d’Europa” que el nostre és un continent que es pot travessar a peu. Europa ha estat i és passejada. Explica que la nostra cartografia “té el seu origen en les capacitats dels peus humans, en el que es considera els seus horitzons. Les dones i els homes europeus han caminat pels seus mapes, de poble en poble, de ciutat en ciutat. La majoria de les vegades, les distàncies posseeixen una escala humana, poden ser dominades pel viatger a peu“. La sedimentació d’aquests viatges al llarg dels segles ha dibuixat una fesomia geogràfica en la qual la posició de les ciutats i dels seus cercles concèntrics és admirablement lògica, abastable i relacional. Mirada de prop, Europa és una xarxa de ciutats que es vertebra, alhora, per multitud de regions que no coincideixen necessàriament amb les velles fronteres dels Estats-nació.

El nou Estat és Europa, ha vingut afirmant el catalanisme polític en les darreres dècades. Un catalanisme que, en contraposició amb els que volen posar-lo intencionadament en el sac del populisme xenòfob, ha demostrat -potser per necessitat- més vocació europeista que la majoria dels Estats europeus. En el marc de la innovació en l’organització territorial, ja fa uns quants anys les nostres institucions van impulsar l’euroregió Pirineus-Mediterrània -els països catalans del segle XXI-, aprofitant la capitalitat de Barcelona per tal de construir un gran node d’economia, cohesió social, cultura i mobilitat en el bressol del mediterrani. L’aposta per l’articulació de societats obertes, tolerants i cosmopolites -així com la participació activa en la construcció europea- s’adequa més a la realitat del catalanisme polític que la falsa caricatura d’un suposat nacionalisme excloent que pregonen certs altaveus mediàtics a Madrid.

El cas català, de fet, podria veure’s com una oportunitat per avançar cap als Estats Units d’Europa -amb diferents subnivells de govern- en els quals els plets nacionals es resoldrien per elevació. A diferència de la majoria dels Estats constituïts, Catalunya està plenament disposada a renunciar a molts dels elements clàssics de la sobirania -com ara l’exèrcit, la política econòmica o la moneda pròpia- en benefici d’un projecte comú amb la resta d’europeus. En un món d’interdependències i de sobiranies compartides la independència clàssica no existeix, i la discussió real pivota al voltant de si compartim institucions amb la resta d’Espanya des d’una posició subordinada o bé des de la lleial cooperació entre iguals en el marc d’una hipotètica Europa federal.

En el present, però, estem constatant els límits de la reclamació unilateral de la sobirania en aquest context de governança multinivell, i en la forma clàssica de l’Estat-nació. Quelcom semblant li va passar a Grècia, on malgrat guanyar un referèndum contra les condicions del rescat de la UE amb el 61% dels vots -i amb un govern d’esquerra radical en el poder-, va haver d’empassar-se les duríssimes condicions imposades per Brusel·les. En el nostre cas, a més, hi hem de sumar la ferotge capacitat coercitiva d’un Estat que està disposat a tot per tal d’impedir qualsevol eventual procés d’autodeterminació.

Aquestes dificultats objectives són tan certes com també ho és que la via de la repressió o del silenci no aconseguirà esborrar, d’un dia per l’altre, la voluntat de milions de catalans -i de ciutadans de moltes altres regions europees-. Ens trobem en una situació, doncs, difícil de desbloquejar. Davant d’aquest atzucac, és una irresponsabilitat que la Unió segueixi ancorada en la defensa acrítica dels interessos dels vells Estats-nació i es negui a reinventar-se quan, més enllà de la qüestió de les nacionalitats, s’ha comprovat que la seva arquitectura institucional ha estat com a mínim inoperant, per exemple, al llarg de la darrera crisi econòmica. Ara, potser també haurà estat irresponsabilitat (nostra) persistir en l’error històric de pensar que Europa ens salvaria.

A la izquierda española

A la izquierda española

Compañeros y compañeras de la izquierda española,

comparto con vosotros todo o casi todo: la confianza en que una sociedad mejor es posible, la justicia social como brújula de todo proyecto político, la convicción de que la libertad de cada uno solo es compatible con la igualdad y la libertad de todos. Estos valores universales, que dibujan el hilo rojo de la Historia -y de historias de compromisos y luchas, de razones y dignidades- no entienden, por definición, de límites territoriales o de jaulas nacionales que pongan coto a su voluntad internacional(ista).

Es más, creo -como vosotros- que el nacionalismo es una ideología absurda. Nosotros, los catalanes, nos llamamos así por un accidente cuasi geográfico que alguna vez fue politizado. Somos, como todas las naciones, una contingencia histórica. Si el fluir de los siglos nos hubiese llevado por otros cauces, ahora seríamos quizá árabes, o franceses -hipótesis las dos nada desatinadas si echamos la vista atrás-. Lo mismo, por supuesto, para España, la unidad de la cual se forjó mediante guerras, matrimonios aristocráticos y pactos oligárquicos. Si la combinación de aliados y enemigos hubiese sido otra, la España de hoy sería, también, radicalmente diferente. ¡Quizá -nunca lo sabremos- España no existiría!.

Los no-nacionalistas como nosotros, pues, entendemos que las naciones modernas no se basan en etnoculturalismos sacralizados, sino en voluntades agregadas de convivencia que se renuevan de tanto en cuando. Aquí, Antoni Puigverd se refirió a esta idea de forma magistral: “Cataluña como ágora y no como templo“. Genuinamente, el célebre pensador Ernest Renan lo teorizó a partir de la expresión “plebiscito cotidiano“. Bajo estas ideas, los catalanes de inspiración socialista o socialdemócrata creemos en una Cataluña plural que, a su vez, quería enzarzarse en un proyecto compartido con el resto de españoles, y de hecho fuimos los que intentamos romper con la hegemonía nacionalista en Cataluña.

Los socialistas creíamos que Cataluña era una sociedad mayormente progresista, pero que la instrumentalización de la identidad catalana por parte de Convergencia y del nacionalismo conservador dificultaba la llegada de las izquierdas al gobierno de la Generalitat. Entonces llegó Pasqual Maragall con una propuesta de nuevo Estatuto -una propuesta, por cierto, a la cual había renunciado Jordi Pujol a cambio del apoyo del Partido Popular a su investidura-. Se creía que el eterno victimismo del nacionalismo conservador, excusa para no ejercer las competencias propias de forma socialmente avanzada, podía acabarse si Cataluña conseguía un nivel de autogobierno indiscutible, libre de las injerencias arbitrarias y centralizantes del gobierno español.

En el memorable discurso de investidura que pronunció Maragall en 2003, el exalcalde olímpico expuso que no quería “presidir el gobierno de la protesta, sino el de la propuesta“, y que de hecho esta actitud inquietaba mucho más al entonces presidente Aznar que no las previsibles lamentaciones pujolistas, que cesaban cuando otro peix terminaba dentro del cove. El Estatut era una propuesta para Cataluña pero también para España. No se daban las condiciones políticas para cambiar la Constitución en un sentido federal, pero a la práctica podían conseguirse estos objetivos mediante la renovación del Estatuto, que a su vez era Ley Orgánica del Estado.

Releer hoy aquel discurso de Maragall es obligado. El expresident, lúcidamente, avisó que “en caso de dilación indebida en su tramitación [del Estatut], en caso de no-tomada en consideración, en caso de impugnación o inadecuación substantiva del resultado final en la propuesta aprobada en Cataluña […], la ciudadanía catalana será llamada [nuevamente] a pronunciarse […] mediante el procedimiento de consulta general que se estime más adecuado“. Cuando el Tribunal Constitucional rompió unilateralmente el pacto constitucional en Cataluña y laminó el Estatuto que había sido aprobado previamente por los catalanes en referéndum, Maragall ya estaba muy lejos de la primera línea política. Pero hoy sus palabras suenan proféticas: la ciudadanía de Cataluña tiene derecho a volver a pronunciarse sobre su relación con el Estado.

Esto fue en 2010. Han pasado ya siete años -casi ocho- en los cuales nos rige en Cataluña un Estatuto que no hemos votado, sufriendo la abierta hostilidad del Partido Popular y un silencio inaceptable por parte del Partido Socialista. La sentencia contra el Estatuto cerró cualquier posibilidad de avanzar hacia el federalismo en el actual marco constitucional, y la respuesta política de la izquierda española fue redondear y homogeneizar un Estado de las autonomías -más café para todos- que ya había quedado obsoleto en Cataluña. Fue entonces cuando muchos catalanes de izquierdas y profundamente no-nacionalistas empezamos a simpatizar con el soberanismo.

Entendimos también que esto no era tan sólo una cuestión puramente nacional, sino que la primera oleada a favor del derecho a decidir se mezcló con la experiencia del 15M y con la indignación social en medio de los peores años de la crisis. La combinación de estos elementos dejaron en cueros al régimen del ’78 y comprendimos, entonces, que las instituciones de las cuales nos dotamos durante la transición ya no eran útiles para encarar los principales retos de nuestra sociedad. La apertura de un proceso constituyente que pasara necesariamente por el reconocimiento de la autodeterminación de las nacionalidades y por una profunda renovación de las estructuras sociales, políticas y económicas del Estado era el único modo de reenganchar a una mayoría ciudadana en Cataluña.

En este sentido, desde 2012 el Congreso de los Diputados ha rechazado casi 20 veces un referéndum pactado. Se hizo un proceso participativo en 2014 donde fueron a votar 2’3 millones de personas, y desde hace seis años salen a la calle más de un millón de gentes cada once de septiembre en Cataluña. Jurídicamente el pacto constitucional saltó por los aires con la sentencia del Estatuto, y políticamente no ha habido ningún interés por rehacerlo, o en su defecto, por ratificar el consentimiento de los catalanes y catalanas ante la situación actual mediante una consulta. El consentimiento es la base de la legitimidad, y es por su ausencia que la legalidad española en Cataluña se encuentra hoy en una situación tan precaria.

¿Dónde está, pues, la legitimidad? En el 80% de catalanes y catalanas que quieren decidir el futuro de su país en referéndum -ayer esta cifra subía al 82% según El País, poco sospechoso de soberanista- y en el 60% que está de acuerdo en iniciar un “proceso constituyente catalán propio y no subordinado” -cito resultados electorales y la declaración política de Catalunya Sí Que Es Pot, a la que hay que sumar el independentismo explícito de Junts pel Sí y la CUP-. La convocatoria del próximo uno de octubre es la única herramienta política que se ha puesto sobre la mesa para solucionar el embrollo, y se ha avanzado por la vía del unilateralismo a causa de la incomparecencia de la otra parte. Con todas sus insuficiencias y contradicciones.

Creo, honestamente, que lo que deseáis para España ha empezado en Cataluña. El candado del régimen del 78 se puede romper aquí, con la apertura de un proceso constituyente de base ciudadana. Esto lo queríamos hacer conjuntamente con el resto de España -y como nuestros valores no tienen fronteras, también lo queríamos y queremos hacer para construir otra Europa-, pero resulta que la ventana de oportunidad política se ha abierto aquí. La maldita polarización, además, nos lleva a escoger entre la República catalana y un Reino de España que nos envía jueces, fiscales, guardias civiles y discursos que nos retrotraen al blanco y negro.

No nos hagáis esperar décadas hasta que ganéis las elecciones por mayoría absoluta, ni nos señaléis repetidamente la contradicción -real, por otra parte- de que haremos todo esto de la mano de la derecha catalana, cuando para cambiar la Constitución hacen falta 2/3 de ambas cámaras, y para hacer eso se hará siempre imprescindible la concurrencia del Partido Popular. Además, compañeros, no todo es conseguir el poder electo. Estos días hemos podido comprobar una vez más la existencia de una oligarquía -o casta- pegada a las instituciones del Estado la cultura política de la cual no terminó de hacer la transición.

Durante décadas, y como mínimo en los últimos 150 años en que las izquierdas españolas y catalanas se han dado la mano para la transformación del Estado, las preguntas se las ha hecho la periferia, y así también ha ocurrido con todas las respuestas. El foralismo, el regionalismo, el federalismo y muchos otros movimientos surgen lejos de Castilla. “Envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora“, cantaba Machado. Sepharad no ha querido cruzar los puentes del diálogo y, parafraseando a Maragall -el poeta-, no ha querido escoltar. Quizá España necesite una buena sacudida para empezar a hacerse preguntas. Y nosotros, luego, estaremos dispuestos -libremente y de igual a igual- a ayudaros humildemente con todas nuestras respuestas.

Fraternalmente,

 

un no-nacionalista catalán y de izquierdas que va a votar “sí”

 

Font de la foto: Wikipedia

Els mites de la nostra generació

Els mites de la nostra generació

Fa pocs dies celebràvem un acte a Girona en relació al procés català, un dels molts que s’estan realitzant al llarg del territori. En aquestes trobades, el que expliquem els ponents i el que pregunta el públic sol pivotar sempre al voltant de les mateixes qüestions: drets i llibertats, dubtes i determinacions, pors i compromisos.

Aquesta vegada, però, un company del públic em va dirigir una pregunta que, per la seva singularitat, em va sorprendre i la vaig trobar força suggerent: quins són els mites de la nostra generació? El fet és que en la meva primera intervenció em vaig centrar a explicar el col·lapse de les institucions del ’78 i la resposta repressiva de l’Estat en el context de la impugnació d’un dels sagrats consensos de la transició: la unitat d’Espanya. Davant del desgel dels mites de la transició, doncs, quins construirem nosaltres? Quins ídols encimarem quan caiguin, definitivament, els del ’78?

Les experiències d’una generació

Abans de respondre a la pregunta, són necessàries dues consideracions prèvies. La primera i més important és que elevar quelcom a la categoria de mite requereix un cert temps històric de sedimentació i de maduració, de construcció de relats que il·luminin uns segments de la realitat i en deixin a l’ombra uns altres. La meva generació, doncs, no ha tingut temps de construir mites, però sí de viure experiències. Per això m’agradaria parlar pròpiament de les experiències de la meva generació i no dels seus mites, que encara no hem pogut forjar.

I la segona consideració és que les generacions -com qualsevol altra categorització abstracta d’un grup humà- no són monolítiques. No totes les persones que formen part de la mateixa generació tenen una consciència igual de les experiències viscudes. En la tria que faré a continuació, doncs, potser no tothom s’hi sentirà còmode.

L’experiència de la crisi

Permeteu-me començar per la més crua. El primer que vull destacar és l’experiència de la crisi. Les persones de la meva generació hem viscut -de forma socialment conscient- més temps en període de crisi que de no-crisi. El consens socialdemòcrata -plena ocupació i drets amplis- és per nosaltres un dels mites de les generacions precedents. Aquesta és una de les explicacions per les quals ens sentim més interpel·lats pels discursos de les noves esquerres que pels de les clàssiques. I això també serveix per a l’altra vorera ideològica: funcionen molt millor els discursos individualistes liberals d’estètica moderneta que no els conservadors clanxinats i moralistes.

No estem parlant només, però, de discursos, sinó també de la pròpia realitat material: especialment per les classes populars i mitjanes, l’experiència de la crisi és també l’experiència de la precarietat. El precariat, la nova classe social sorgida d’entre els perdedors de la globalització, és aquella que salta de feina en feina temporal i mal remunerada, sense expectatives de millora ni ancoratge econòmic de cap tipus. Un país amb més del 50% dels joves en situació d’atur i amb xifres massives d’emigració forçada és un paisatge devastador que ajuda a entendre què significa, per la nostra generació, l’experiència de la crisi.

L’experiència del 15M

La segona és l’experiència del 15M, que és el punt de ruptura simbòlic per a explicar una fractura generacional molt rellevant en la cultura política dels espanyols i dels catalans. Si l’anomenada cultura de la transició (CT) estava marcada per una escassa exigència democràtica -que deriva alhora del “no se meta usted en política” del període franquista-, el 15M és l’experiència de la repolitització de la societat espanyola i especialment de les seves generacions més joves. Això ha provocat un profund qüestionament de les estructures clàssiques de la democràcia representativa i, més concretament, una crítica a delegar en els “experts” -polítics i tècnics- la gestió del bé comú. La PAH, les diverses marees o el sorgiment de forces polítiques alternatives són la conseqüència pràctica de la irrupció d’aquesta nova manera d’entendre la cosa pública.

Aquest fenomen -com el de la crisi- no és tampoc, però, local. La nostra generació ha protagonitzat moviments similars al 15M en altres llocs del planeta com ara la primavera àrab o l’occupy Wall Street. Com deia Joseph Roth, “cap pàtria dóna als seus fills tantes característiques comunes com una època”. Segurament tinc més a veure amb un alemany, un egipci o un japonès de 26 anys que viu en ple 2017 que no pas amb un català del 1714. Els estralls de la crisi, els efectes de la globalització o els canvis tecnològics i comunicatius són alguns dels elements que han facilitat la producció i reproducció d’aquesta experiència democratitzadora global, comuna en la nostra generació.

L’experiència de la tribu

I la tercera i última la vull anomenar provocativament l’experiència de la tribu, que a simple vista podria semblar contradictòria amb l’anterior però que en realitat, al meu parer, és complementària. La meva generació ha assistit a un fracàs de les institucions internacionals i europees en l’establiment d’una democràcia global, la reducció de les desigualtats o el control del capitalisme salvatge. De la mateixa manera que, com hem dit al principi, el consens socialdemòcrata és per nosaltres un mite de les generacions precedents, també ho és Europa com a espai de llibertat, seguretat i justícia. El replegament de moltes societats a l’Estat nació i a les seves essències és una reacció evident a aquests fracassos, davant dels quals la meva generació també ha pres actituds diferents: identitarisme uns i nou cosmopolitisme altres.

Aquesta reflexió, però, es mereix un apunt obligatori relacionat amb l’actualitat política, que és el cas català. Sens dubte que una part de l’independentisme té força a veure amb l’experiència de la tribu, però a diferència de Trump o Le Pen, aquest projecte és profundament cívic, pluralista i -malgrat semblar contradictori- de vocació europea i global. I també penso que una altra part de l’independentisme té molt més a veure amb l’experiència del 15M que no pas amb la de la tribu -si em permeteu que segueixi utilitzant aquestes categories-. En els darrers dies, davant de la repressió de l’Estat, aquest argument pren més força que mai.

A mode de conclusió, no sé quins seran els mites que forjarà la nostra generació, i tampoc sé de quina institucionalitat ens dotarem per a aprofundir en una nova convivència democràtica -de fet, a hores d’ara, no sabem ni quin serà el marc territorial d’aquesta nova institucionalitat!-, però penso que les experiències viscudes per la nostra generació tenen un potencial transformador innegable. Al cap i a la fi, als més joves sempre ens ha tocat -en contrast amb la massa sovint monòtona cosmovisió dels més grans- la tasca d’imaginar un món millor. I de començar a fer passes per a fer-lo possible. En això estem.

Font de la foto: Wikipedia (furilo)

No heu de donar explicacions

No heu de donar explicacions

El sempre genial Santi Alba es preguntava en un article, poc després dels atemptats de Barcelona i Cambrils, sobre què deu ser el contrari d’una bomba. La resposta és difícil: “Un beso? Un silencio? El estallido de una orquesta?”. El mal és mesurable -tants morts, tants ferits, tants danys materials- peró el bé és incommensurable, defensa. Pocs dies després, és possible que l’abraçada entre l’imam de Rubí i el pare d’en Xavi ens hagin donat la resposta: l’amor, la tendresa. No se m’acut un element més oposat a les bombes, al fanatisme i a l’odi que l’amor.

L’abraçada entre Driss Sally i Javier Martínez és, sens dubte, un exemple commovedor i emocionant. Ho han estat també el conjunt de manifestacions i concentracions convocades per la comunitat musulmana arreu del país en aquests darrers dies. La més nombrosa ha estat la de dilluns passat a Barcelona, acompanyada per 148 entitats i més de 2.500 persones amb cartells com ara “soc musulmà, no terrorista”, “no en el nostre nom” o “no són musulmans, són assassins”.

Frame analysis i islamofòbia

La realitat és complexa i polièdrica, i això fa que inevitablement les persones construïm esquemes mentals que, literalment, emmarquen (framing) certs fragments del món per a conferir-li sentit. Amb aquesta operació, emfatitzant uns aspectes de la realitat i amagant-ne d’altres, fem més senzilla la comprensió del nostre entorn i adquirim, indirectament, pautes de comportament polític i social.

En aquest sentit, és molt interessant veure com emmarquen la qüestió del terrorisme islamista els principals mitjans de comunicació i, en general, l’opinió pública en el seu conjunt. Santi Alba, a qui ja hem citat al principi, té un magnífic llibre titulat islamofobia que, des de la disciplina de la filosofia, ens ajuda a entendre aquest joc de marcs que es mouen al voltant del tema que ens ocupa.

Alba defensa que els esquemes que hem construït per aproximar-nos a la realitat musulmana són profundament islamòfobs, i critica el perill de la generalització que, en gran part, parteix del desconeixement. Així doncs, tractem el “món islàmic” com si fos una realitat monolítica i homogènia, quan en realitat és diversa i plural. De la mateixa manera que res té a veure la Teoria de l’Alliberament amb els postulats de l’Opus Dei, malgrat que ambdues corrents són cristianes, tampoc pensen el mateix els més de 1.200 milions de musulmans que hi ha al món.

Aquesta “reducció de la multiplicitat a la unitat” es combina amb dos altres mecanismes d’exclusió. El primer, que aquesta (falsa) unitat és negativa; i el segon, que no és assimilable. Ja tenim, doncs, el frame islamòfob construït i funcionant a tot drap: davant d’un occident demòcrata i tolerant, ens trobem amb un “món islàmic” [unitat] intransigent i a voltes violent [negativa] que, precisament per aquest fet, és incompatible amb els nostres valors [inassimilable]. La identificació entre musulmà i potencial terrorista, que alguns han volgut intuir aquests dies, és la conseqüència directa dels esquemes islamòfobs que operen a la nostra societat.

No pensis en un musulmà…

Quan Dinamarca va patir també un atac terrorista l’any 2015, la seva primera ministra va declarar el següent: “això no és una guerra entre l’islam i occident. Això no és una guerra entre musulmans i no-musulmans”. Obvi, veritat? Probablement, Thorning-Schmidt volia respondre amb aquestes paraules a l’extrema dreta local, que estava enverinant a l’opinió pública amb aquest discurs.

La teoria de marcs, però, ens diu que aquesta no és la millor estratègia. El cèlebre lingüista George Lakoff va escriure el llibre “no pensis en un elefant” per explicar precisament això: quan neguem el frame dels nostres adversaris, el que fem és evocar aquest frame. De la mateixa manera que “no pensis en un elefant” és un imperatiu impossible de dur a terme, doncs per tal de recordar que no has de pensar en un elefant, inevitablement has de pensar-hi.

La primera ministra danesa, doncs, va cometre un error de manual. Amb la millor de les intencions, va activar els marcs dels seus adversaris, o expressat d’una altra manera, va caure en el joc de l’altre. Entrar en el terreny dels teus oponents els hi dóna avantatge, ja que en certa manera juguen en camp local, aconsegueixen que parlis amb el seu llenguatge. Així mateix, provoca que et posis a la defensiva, recau sobre tu la “càrrega de la prova” i davant dels seus eslògans fàcils i simples, t’obliga a donar respostes més complexes i relliscoses.

En certa manera, que la comunitat musulmana, després dels atacs a Barcelona i Cambrils, esgrimeixi lemes com els que hem citat al principi -“sóc musulmà, no terrorista”– activa els marcs dels islamòfobs, els mecanismes dels quals hem explicat en l’apartat anterior. De forma encara més subreptícia, la sobreexposició mediàtica de la comunitat musulmana aquests dies provoca una reacció similar. Amb encert, alguns analistes han fet notar que no hi ha manifestacions d’homes cada vegada que una dona és assassinada per violència de gènere a Catalunya -ja en són cinc aquest any, per cert-.

Així doncs, mentre que els episodis d’assassinats masclistes són presentats a voltes com a “casos aïllats”, no sembla que sigui així per al terrorisme vinculat al Daesh: els esquemes islamòfobs operen de tal manera que, mentre la comunitat musulmana es veu empesa per l’opinió pública a condemnar els atemptats una vegada rere l’altra, trobaríem histriònic que es convoquessin manifestacions sota pancartes com ara “sóc home, no assassí”, “no en nom dels homes” o “no són homes, són agressors”.

… Pensa en la tolerància i el respecte

Un extens article al The Guardian explica amb encert que el que hem patit a Barcelona i a Cambrils no neix de la radicalització de l’islam, sinó de la islamització del radicalisme. Aquesta sentència té implicacions molt més profundes que les que citaré, però el que interessa en aquest rudimentari anàlisi de marcs és que dóna alguna pista sobre com actuar estratègicament en un context com el nostre.

Penso que estem al davant d’una contraposició entre fanàtics i moderats, entre la tolerància i el respecte enfront del radicalisme i l’odi. Els tolerants som una majoria de ciutadans i ciutadanes, de religions, races, sexes i creences diverses. Passar-nos el dia parlant de les implicacions democràtiques de l’islam és, al meu entendre, entrar en el joc dels que volen atiar la flama. Això no va de religió, sinó de pau i de convivència. Penso que aquest podria ser un bon frame.

A l’altra banda del mur hi ha els terroristes del Daesh, certament. Però no només. Els militants de l’extrema dreta que van manifestar-se a Barcelona poques hores després de l’atemptat també estan a l’altra banda del mur. Sabíeu que l’observatori per a la llibertat religiosa ha registrat fins a 12 atacs després dels atemptats, que inclouen pintades a mesquites, insults i fins i tot agressions físiques a persones musulmanes? Les estadístiques no s’acaben, però, aquí. Segons dades oficials, el 2015 es van perpetrar un total de 232 delictes d’odi a Catalunya contra diverses minories. La majoria dels atacs van ser obra de grups neofeixistes. Una bona manera de començar, doncs, seria normalitzar la nostra condició de comunitat política plural i diversa, enfront d’uns quants fanàtics que actuen en nom de creences dispars.

Aquests dies, per cert, he llegit als diaris i he escoltat a les televisions algunes veus de catalans musulmans molt suggerents, i em pregunto com és que a molts d’ells no els coneixia fins ara, i per què apareixen només quan s’ha de parlar de quelcom relacionat amb la seva religió. Segur que tenen opinions interessants sobre els serveis públics, el canvi climàtic o l’auge de les noves tecnologies, per citar tres temes aleatoris. Com és que no normalitzem la seva presència als mitjans de comunicació? Els musulmans són aproximadament el 7% de la població a Catalunya, però la seva representació als espais públics és propera a zero.

I per últim, la tasca d’inclusió i d’educació imprescindibles per a forjar una societat cohesionada no pot passar per alt la lliçó més important que ens han donat en Driss i en Javier: l’amor és el motor del món, i com defensa en Santi Alba, el bé és incommensurable. És per això que encara som aquí. Tots nosaltres som el contrari d’una bomba.

Foto: Jordi Cotrina (El Periódico)